la pasión extranjera


haber amado todavía acaricia la memoria de los odios en los días sin sol
por eso mi corazón vive atento al jardín
cuidando los avances de la pasión extranjera
cortando el paso a la pequeña procesión de sordas pasionarias
en días como este
era tanto el amor que me llegaba
por sobre el muro rompiente de un templo Sarajevo
en oleadas de libertaria claridad
después de arrasar enclaves y roseras
matando bestias y feudos incendiando
el pasaje oscuro del centro hasta la piel
la pasión extranjera invadía como un arma
montada en la belleza del huracán
quemando las planicies africanas
donde dormían el alma y sus salientes
liderando los cardos de la tierra
para hacerles brotar la blanca plenitud de su yihad
toda la noche podía germinar
dando alas al viento y alumbrando días
de blanca redención

la ley ordenadora del sexo de las horas
llegaba aún torciendo los ríos documentales de mi vida
con el dolor el vértigo la pobreza del amor
maniobrando la recta inconsciencia en dirección a su caída
mirando siempre al sur para perderse
en la inconstancia romántica de los aventurados
tantos años después de la matanza
no hay más noticias de mí
ya no sé mis medidas en este exilio amoroso de las cosas
lejos la furia de la pasión extranjera que exhumaba los ríos
dando pasaje a la gesta dorada de los unos
monasterios oscuros y preludios
anunciando los rostros del verano
como ríos de luz

Genealogías: un poema épico


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En 1893, el Emperador Francisco José decreta el traslado de 654 familias en situación de miseria, provenientes de la etnia de húngaros-székelys, de cinco ciudades de la Bucovina, en Rumania, para el Banat Servio, recientemente conquistado para el Imperio. Casi dos mil personas parten en caravanas, para ser reasentadas en las márgenes del Danubio. Erõs Veronika, mi tatarabuela, sus padres, su marido Erõs Ferenc, y la hija de ambos, Mária, nacida en Andrásfalva en 1884, migran también para el Banat Servio en esos años, y se establecen en Skorenovac.

Genealogías es un poema épico donde lugares, nombres y fechas son verídicos. Los personajes y sus almas, sin embargo, fueron dictados por la escritura de mis sueños, de donde nace esta ficción.

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1

La noche en que partieron al exilio

se abrazaban todos bajo la toldería celeste

de la lluvia que les atravesaba

la ropa como lanzas

nadie oía el ulular de las bestias

que masticaban el último rocío

antes del cenit

los niños se prendían sin miedo a la frescura de la noche

jugaban con los lobos y preguntaban

a destiempo la tierra prometida

donde pondrían nombre a las roseras

e inventarían el color del duna al incandescer

veronika erõs no escuchaba ni veía la furia de las aguas

ocupada en amamantar en sueños a la niña muerta

o casi la tocaba de a ratos a mária

hasta que llore

por si viviesen un día

los pequeñísimos huesos desalados

devorados un día por la lluvia a camino de skorenovac

la abuela se perdía ciega por el acantilado de las rosas

la traían de arrastro canes

de gigantes sombras que ladran en la niebla

ferenc de andrásfalva

caminaba sin botas

siguiendo los carros desgobernados

el paso borgo más negro

que el cuero de los látigos

y la muerte rugiendo como un general

la primera noche

te escribí poemas

un día en que mi piel era oscura

y no manchada como ahora

irremediable

por el cirio amarillo de la tarde

te acordás cuando éramos

hermanos de la carne

la genital blancura nunca abierta

por la luz vertical del desencanto

ah inocentes que éramos de muerte

besábamos de una sola vez

la primera noche el vino y el centauro de fuego

que devora uno a uno el corazón la piel

las guayaberas

en leve anunciación del viento

que resplandece en el sexo de las cosas

como una bocanada de luz me fui apagando

en sangrienta batalla contra el tiempo

bofetada cruel de los amantes

cuando la bella luminosidad

que había entre los cuerpos

se cae por el suelo de los años

Tiempos modernos



Estaba en la fila del cine esperando la sesión de las cinco, cuando pasó por el lobby una muchacha ciega vendiendo violetas. Quien podría comprar violetas en el lobby de un cine. Pensé que tal vez la muchacha, por ser ciega, no supiera que estaba en un cine, y entonces me acerqué, tratando de ayudar, y le dije, disculpemé, estamos en el cine. La joven sonrió, y todo su rostro se le iluminó. Era bonita la joven, y me preguntó de un modo muy arrebatador, de qué color quería yo mi plantita de violetas. Me arreglé el bigote y tosí, para aclararme la voz, y le dije que no quería violetas, sólo avisarle que esto era un cine. La muchacha inclinó la cabecita, sus grandes ojos azules fijos en algún punto detrás de mi sombrero de domingo, y con una carita muy consternada, me dijo que no entendía. Yo pasé entonces a explicarle que uno no compra violetas en los cines, porque los cines son oscuros, y que un cine no era un lugar adecuado para una violeta. La joven pareció todavía más confundida, y me dijo que si a mi no me gustaban las violetas porqué estaba yo hablando con ella. Le dije intentando parecer gentil, que no era que no me gustasen sus violetas, y que yo con gusto compraría una, o hasta dos, si no fuera por el hecho inconveniente de que estábamos en un cine, y cine y violetas, definitivamente, no combinan. Todavía di algunos pasitos que pueden haber parecido como de baile para dibujar con mis manos en el aire el mapa de la gran ciudad, mostrándole a la chica lo que todo el mundo ya sabe, que las violetas están con las violeteras en las esquinas, en los kioskos o al menos en las casas, pero nunca en los cines. Me sentí de repente un poco ridículo al reparar que si bien la muchacha no podía verme bailotear, las personas que esperaban en la fila del cine, atentas a nuestro drama particular, no estaban tan ciegas. La violetera me dijo entonces, muy ofendida, que no tenía la culpa de que a mi me gustara más el cine que las violetas. Yo le dije que me gustaba el cine y me gustaban las violetas, pero que no ninguna intención de comprarlas en ese exacto momento. La joven entonces pareció enojarse de verdad, y dijo en voz alta, para que todos la oyesen, que ella estaba allí para vender violetas y no para perder tiempo, y que si yo no elegía de una buena vez una de sus violetas, llamaría a un guardia de seguridad. Le dije que no quería ninguna violeta porque yo odiaba las violetas, y la joven comenzó a llorar de forma bastante cinematográfica. Se acercó un guardia con su bastón, y yo preferí no hacer el intento de explicarle por que una violetera ciega estaba llorando agarrada a su carrito de violetas en el lobby de un cine. Ante la mirada atenta de todos los espectadores que estaban en la fila, -aburridos ya de esperar el estreno sin nada para hacer, y ávidos de algún espectáculo improvisado en el lobby del cine- compré una maceta de violetas amarillas, y volví para mi lugar en la fila. La violetera estaba todavía intentando secarse las lágrimas con la mano. El guardia, muy solicito, le alcanzó un pañuelo para que desahogase su delicada naricita, y después se la llevó del brazo, para consolarla del otro lado del corredor. Yo me saqué el sombrero, y puse la maceta adentro como para esconderla, tratando de remediar lo ya irremediable. Cuando me llegó la vez, le mostré al portero la entrada que llevaba en la mano derecha. El hombre agarró la entrada, pero me apuntó con la cabeza la maceta de violetas que llevaba dentro del sombrero, como si esperase una explicación convincente para dejarme pasar. Le dije que mi novia me esperaba dentro del cine, y que le encantaban las violetas amarillas, y que siempre le regalaba una maceta cuando íbamos al cine en el día de su cumpleaños. En el sombrero, porque era sorpresa.
Me senté solo en la última fila, y aprovechando que estaba todo a media luz, me libré de la maceta de violetas tirándola abajo de algún asiento vacío. Sacudí la tierrita de mi sombrero, mientras pensaba que al fin y al cabo, no era una idea tan descabellada como parecía al comienzo que una muchacha ciega estuviese vendiendo violetas en el lobby de un cine. Eran los tiempos modernos, más espectaculares, y menos románticos, que todo lo confundían.
hombre que emigra


hombre

hay una luz pequeña, doblada, bajo tu mano

cuando escribís la carta al padre

tras los dorados años de la insolencia

entre el humo del alcohol y los níqueles dormidos

ya no inventás travesías del amor

sueños ecuestres

hablás apenas del mal para que el padre sepa

los colores que el viento lleva

las raíces ya sin gusto de anís

que te has comido

los raros tiovivos

hay una luz inmensa extendida bajo tu mano

cuando escribís al padre

cuando alumbrás con letra huérfana

nombres que el tiempo apaga

y la carta se incendia antes del fin

cada mañana blanca y para siempre

como muerte prematura del sol
LA PARISIENNE



es la violencia de las horas

junto al lumiere de la seine

donde el cuello de los cisnes

duerme a la intemperie

tu pie corriendo tras la luz

tropieza con tu bolso de colegio

no mirás las vitrinas no se vende

tu corazón salvaje

la rumania de tus sueños

nace como una luz callada

de tu pezón izquierdo

la dormís como a un niño

la tapás con tu pañuelo amarillo

como si decidieras sus últimas estrellas

nunca le dijiste sí

pero soltaste todos tus pájaros

era parís mil novecientos veinte

frente a un único testigo

en un palco vacío

donde llorabas en silencio

los actos del amor
Mujeres que trabajan




las tías se levantan

aran al sol

sus vestidos sangrientos

su pelo proletario

bajo el pañuelo azul

sus medias de percal

los domingos sucios

de muerte

la iglesia somnolienta

la primavera natal

un campo de cenizas

donde todo termina

sin sueño

o sin atardecer
AÚN




los amores eran

entornados brillantes

como un polaroid

blanco o negro

las horas no eran de ceniza

la esperanza debía ser por entonces

más fuerte que la rabia

tus manos sostenían

como el bajo tan anchas melodías

el amor era tu buzo de lana

implacable rebelde

que incandescia sin importarse

en una primavera que se apoyaba

en las dos puntas heladas de mi alma

Porto Alegre, abril 2010
LAS HORAS


las horas son como metrallas en mi oído

gritan dentro de mí

desde el asesinato del crepúsculo

alguna vez cantan

como el pájaro blanco

en la mañana muerta

tras el humo absoluto de los días

y otra vez callan

y te recuerdo entonces

abriendo la ventana

preguntando el frío

y los jazmines de otoño

dejándote caer sin peso sin medida

como una luz mediana sobre la cama deshecha

donde espero tu sangre

antes de morir


Interludios


las palabras vienen solas se prenden de mi sombra hay que darles de masticar sangre presencia así arrancan sus pedacitos de luz y se escabullen como fieras incandescentes vagan por la noche y se pasean con mi carne en sus bocas como gatos hambrientos indecentes de mí




si ésta fuera la última noche si quemáramos los azules navíos y nos tocáramos el sexo con la prímula flor y si muriéramos después como
soldados sin lengua con la mano extranjera pidiendo alguna luz




tu piel morena el agua clara los altos de la noche todo en círculos
pequeñísimo centavo de carne a cambio de un amor



es tanto el miedo la ventana del fondo no contiene el paso del otoño por mi vestido de encajes envejecen mis amantes cada noche luciérnagas se mueren como sueños en mi zaguán desierto se queda el alma blanca de cenizas que no cubren la pasión



nuestro cuarto era una caja de zapatos donde guardábamos con amorosa mano los artefactos del dios la máquina del tiempo los pequeños velocípedos del mundo había también una cama sin infancia silenciosa y despierta como un segundo amor



hay lugares que no cambian sin embargo debajo del alero se entibian los mismos pájaros sonorosos la hamaca de la abuela y la cajita de arpas sin el diapasón


Insecticidio


Algo se come las flores que he plantado.
Aún no sé que pequeñas bocas se llevan el color del día hasta su casa de sombras. Deben ser los emotivos caracoles, desenterrando sus verdes lenguas abusivas de debajo de la tierra.
O tal vez el saltamontes amarillo que duerme en la gerbera.

Sospecho genuinamente de las hormigas errantes que exhuman el amor en tiempos de diluvio. Son ellas las que corren, con eléctricas manos, por las blancas baldosas. Ni saben del color del cuarto de los niños. Ignoran soberanamente como se ha muerto el sol en la morada de los hombres.

En el jardín otoñal, a un paso de la noche, las pasionarias han roto el silencio y sangran melodías. En cada gota de luz el lirio se ha caído despacio como un cíclope. El geranio llora como un enorme rey por la
muerte de sus deudos.

Antes cada pequeña prímula hilaba su mañana con raíces de sándalo. Miles de madreselvas crecían en un húmedo concierto. Todo iluminaba el pasto en redonda belleza, encantando mi alma con gestos vegetales. Sin aquellos toques nauseabundos del plancton en la pureza intacta de la nada.

Ahora el barro vivo de la noche trabaja en la no luz, insaciable mandíbula que arranca los dedos de las sem-vergonhas. La procesión de antenas, ojos, pies, la intransigente boca himenóptera del mundo, se ha llevado todas mis flores con un rumor candente de asesina malicia.

Odio realmente esas ínfulas de primitivo horror que habita a cinco baldosas de mi puerta. Vida comiendo vida, en canibálica inconsciencia.

Echo veneno de hormigas por si acaso, mientras espero para siempre la iluminación del otoño. Preciso arrancar la vida que pulsa para salvar a la civilizada flor. Como si algo muriera de mí en el entierro azul de la rosera.

Ahora ya entro despacio en mi casa de incontestable cemento: después del sacrilegio insecticida mi culpa se ha borrado. Nada quiero saber de aquella
cosa primitiva que regurgita savia, cae levanta y grita por su luz.


Intermitencias - [inter mitens]
Brevísima oscilación de tiempo entre sombra y luz



Los exiliados



hay un jardín de begonias

en mi noche más triste

donde te espero sin armas

no sin fuego en las armas

sino pobre de luz

como un jilguero que no supo

abrir el costado

a la miseria del amor

mejor dicho

a la insolente querencia

del deseo

cuando se han abolido de una vez

todas las horas

de resplandor

cuando no se sabe la distancia

entre los pies y el alma

pero aún queda una claridad que tiembla entre los sexos

única belleza de amor muerto

antes de la cruel batalla del amanecer

ah que espantosa es la dureza metafórica

de dos cuerpos exiliados

desnudos en una cama vacía

a espera de la luz

El pájaro de adentro del amor

El pájaro de adentro del amor

Verónica Pérez (1992)


Todo empezó cuando un pájaro medio muerto se metió por mi cocina. Después de romperme dos macetas, cayó sin ruido sobre la alfombra. Lo llevé con una pala para que terminara de morirse en el jardín.
El hombre que pasaba sus noches en mi casa dejó de venir. Yo no hacía más el amor porque el olor a pájaro que había en el cuarto me descomponía. Poco a poco, él lo entendió, y ya no lo volví a ver.
Los misterios de la vida y la muerte comenzaron a abrumarme. Pagué varias sesiones con un pai-de-santo a la uruguaya, que medía un metro cincuenta de altura y tenía una cabellera color vino que le llegaba hasta los pies. Cuando salía de su casa me quedaba horas parada frente a los kioscos, leyendo revistas sobre los ovnis y la reencarnación. Llené mi casa de espejos, y en mi fascinación, pasaba horas intentando, sin suerte, malgastar mi poca aura azul en el tarot. Mis noches se iban llenando de pesadillas, mientras yo me volvía una mujer cada vez más oscura. Yo no sabía bien lo que buscaba, hasta que una tarde, en una revista comprada al azar por Dieciocho de julio, fue que encontré la nota sobre el maestro.

Esta noche el ciclo de conferencias místicas del teatro El Galpón abre espacio para la disertación de M. Lowenfeld, astrólogo y vidente anglo-asiático, sobre la próxima publicación de su libro: Sinví. El pájaro de adentro del amor.

Esa noche había bastante gente en El Galpón. Yo me senté más bien al fondo, tratando de refrescarme con un fólder amarillento, porque hacía demasiado calor.
Entró Lowenfeld. Acomodó los micrófonos que le habían puesto sobre el escenario.
Lowenfeld tenía trazos hindúes en el rostro, con los ojos tan negros. Rengueaba un poco de una pierna, pero era un hombre hermoso.
Comenzó a hablar. Afuera comenzó a llover. Una intimidad que venía de sus ojos me achicaba el corazón.

No sé donde estuve en las casi dos horas que duró su ponencia. Habré escuchado alguna cosa, o sólo acompañado el golpeteo de la lluvia. Recuerdo apenas la intermitencia del brillo en los ojos del buen hombre cada vez que tomaba aire para recomenzar a hablar. Cuando la lluvia paró, ya quedaba muy poca gente en el salón. Los pocos que quedaban en sus sillas se movían incómodos. Un hombre de los que todavía aparentemente lo escuchaban, se levantó y le gritó al maestro que quería que le devolvieran el dinero de la entrada. Había esperado hasta el final solamente para encararlo de frente. Varios otros se subieron al escenario, algunos ayudantes del maestro para protegerlo, otros, de la platea, para denigrarlo. Vi estallar un puño en medio de la gente. El maestro se cayó y su cabeza pegó contra una silla. Tenía la mirada aterrorizada. “Sinvi, Sinvi” dijo suavemente, casi llorando.
Todos gritaban. Alguien lo agarró por la solapa ya escupida y comenzó a sacudirlo violentamente. Entonces Lowenfeld mostró de que estaba hecho. De adentro de él salió un pájaro, que se fue casi a ras del suelo, con todos nuestros ojos volándole detrás.
Yo me acerqué a Lowenfeld, abriéndome paso entre la confusión de hombres que salían, y de guardias que entraban. Parecía desmayado. Le sequé el sudor, o quien sabe una lágrima suspendida en su mejilla, con el borde de mi blusa. Lowenfeld suspiró, con los ojos aún cerrados, doblemente hermoso bajo la luz del escenario que los utileros comenzaban a desmantelar. Me dijo algo con entre sueños que no comprendí. Dos hombres fornidos tomaron entonces a Lowenfeld, por los brazos y por los pies, y se lo llevaban.
Por favor…les dije, en un hilo de voz.
Uno de los hombres me hizo un gesto para que esperara, y entraron por una puerta atrás del escenario. Pasó mucho rato. Las luces ya comenzaban a apagarse. Decidida, entré por la puerta por donde lo había visto entrando a Lowenfeld por última vez.
Encontré una habitación sin ventanas. La única puerta era aquel abismo enorme en que yo me apoyaba tratando de entender. Lowenfeld no estaba.



El pájaro de adentro del amor compone la serie de siete cuentos publicados por Verónica Pérez en el volumen colectivo Hijos de Nadie [Proyección/Fundación: Montevideo, 1993]
QUE LA NOCHE SE COMPORTE POR MÍ



el amor parecía un gato azul entre los dos
nadie se animaba a desdoblar su lomo
ni a volcar su orina en otro patio de sol



me viste desvestirme entre el dolor y el humo
y ni siquiera pusiste un dedo en la ventana de
mi alma para tapar la luz




en tu casa era agua que se chupaban
las grietas del techo entre tus dedos
blancos yo corría y nunca me veia los pies




toda mi muerte estaba parada en tu ombligo
toda tu calle se me había puesto a llorar



estábamos rodeados la luna nos tapaba la boca
y la ceniza nos hundía el vientre y ni vos ni
yo sabíamos adonde iba a parar tanta belleza


(Que la Noche se Comporte por mí - Grupo Lector Universo: Montevideo,1994)


Genealogías - Un poema épico



Mujer que mira



llueve esta tarde de lentísimas horas

bajo la luz mediana del tiempo no nacido

miro tu belleza otoñal en la pantalla del micro

la foto en blanco y negro

tu dedo que interroga tu estirpe amarillenta

cien años después de la caída de tu manto

con que envolvías la carne blanca del vivir

como serías verónica de los ojos hundidos como noches

cuando te besaban mujer en las firmes estepas bucovinas

andrásfalva 1840 porto alegre 1996

nos parecimos bajo la negra cabellera de pájaros celestes

las dos corrimos de alma callada hacia el primitivo amor

la belleza de la carne encendiéndonos a deshora la bíblica inocencia

por eso hacíamos huir nuestras mañanas del hambre de los lobos

andrásfalva skorenovac montevideo porto alegre

cualquier lugar tendrá tu luz ahora

pues ya enterré mi coloso en el barro para caminar sin muertos

para que la sangre antigua no nos arrastre abajo como a un único junco
rio que lleva lejos los hijos no nacidos

mientras mueren las dulces madres hiladoras

y los hombres que sueñan en los campos de guerra

nunca sabré por que cortaste el cordón uterino de tus niñas

para que desovasen alondras en mi ciudad natal

tanta composición alada me dejaste

en un pañuelo azul que nunca desinvento

llevo tu resplandor en la memoria de mi nombre

me gorjeás al oído para que vuele al mundo

y como una atila inmensa

transmute mi sangre székely desterrando el dolor