Estaba en la fila del cine esperando la sesión de las cinco, cuando pasó por el lobby una muchacha ciega vendiendo violetas. Quien podría comprar violetas en el lobby de un cine. Pensé que tal vez la muchacha, por ser ciega, no supiera que estaba en un cine, y entonces me acerqué, tratando de ayudar, y le dije, disculpemé, estamos en el cine. La joven sonrió, y todo su rostro se le iluminó. Era bonita la joven, y me preguntó de un modo muy arrebatador, de qué color quería yo mi plantita de violetas. Me arreglé el bigote y tosí, para aclararme la voz, y le dije que no quería violetas, sólo avisarle que esto era un cine. La muchacha inclinó la cabecita, sus grandes ojos azules fijos en algún punto detrás de mi sombrero de domingo, y con una carita muy consternada, me dijo que no entendía. Yo pasé entonces a explicarle que uno no compra violetas en los cines, porque los cines son oscuros, y que un cine no era un lugar adecuado para una violeta. La joven pareció todavía más confundida, y me dijo que si a mi no me gustaban las violetas porqué estaba yo hablando con ella. Le dije intentando parecer gentil, que no era que no me gustasen sus violetas, y que yo con gusto compraría una, o hasta dos, si no fuera por el hecho inconveniente de que estábamos en un cine, y cine y violetas, definitivamente, no combinan. Todavía di algunos pasitos que pueden haber parecido como de baile para dibujar con mis manos en el aire el mapa de la gran ciudad, mostrándole a la chica lo que todo el mundo ya sabe, que las violetas están con las violeteras en las esquinas, en los kioskos o al menos en las casas, pero nunca en los cines. Me sentí de repente un poco ridículo al reparar que si bien la muchacha no podía verme bailotear, las personas que esperaban en la fila del cine, atentas a nuestro drama particular, no estaban tan ciegas. La violetera me dijo entonces, muy ofendida, que no tenía la culpa de que a mi me gustara más el cine que las violetas. Yo le dije que me gustaba el cine y me gustaban las violetas, pero que no ninguna intención de comprarlas en ese exacto momento. La joven entonces pareció enojarse de verdad, y dijo en voz alta, para que todos la oyesen, que ella estaba allí para vender violetas y no para perder tiempo, y que si yo no elegía de una buena vez una de sus violetas, llamaría a un guardia de seguridad. Le dije que no quería ninguna violeta porque yo odiaba las violetas, y la joven comenzó a llorar de forma bastante cinematográfica. Se acercó un guardia con su bastón, y yo preferí no hacer el intento de explicarle por que una violetera ciega estaba llorando agarrada a su carrito de violetas en el lobby de un cine. Ante la mirada atenta de todos los espectadores que estaban en la fila, -aburridos ya de esperar el estreno sin nada para hacer, y ávidos de algún espectáculo improvisado en el lobby del cine- compré una maceta de violetas amarillas, y volví para mi lugar en la fila. La violetera estaba todavía intentando secarse las lágrimas con la mano. El guardia, muy solicito, le alcanzó un pañuelo para que desahogase su delicada naricita, y después se la llevó del brazo, para consolarla del otro lado del corredor. Yo me saqué el sombrero, y puse la maceta adentro como para esconderla, tratando de remediar lo ya irremediable. Cuando me llegó la vez, le mostré al portero la entrada que llevaba en la mano derecha. El hombre agarró la entrada, pero me apuntó con la cabeza la maceta de violetas que llevaba dentro del sombrero, como si esperase una explicación convincente para dejarme pasar. Le dije que mi novia me esperaba dentro del cine, y que le encantaban las violetas amarillas, y que siempre le regalaba una maceta cuando íbamos al cine en el día de su cumpleaños. En el sombrero, porque era sorpresa.
Me senté solo en la última fila, y aprovechando que estaba todo a media luz, me libré de la maceta de violetas tirándola abajo de algún asiento vacío. Sacudí la tierrita de mi sombrero, mientras pensaba que al fin y al cabo, no era una idea tan descabellada como parecía al comienzo que una muchacha ciega estuviese vendiendo violetas en el lobby de un cine. Eran los tiempos modernos, más espectaculares, y menos románticos, que todo lo confundían.
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